Explorar





Bibliotecas Colegios Academia

¿Se puede hablar de clásicos de la literatura infantil y juvenil (LIJ)?

Escrito por: Zully Pardo de El Paraguas Podcast

Una revisión de la definición de lo qué es un “clásico literario”

Aunque pareciera que la idea de clásicos y la de infancia y juventud fueran en direcciones opuestas, una revisión de la definición de “clásico literario” nos mostrará que los más jóvenes son los más aptos para establecer cuáles son esos clásicos de la LIJ.


Somos adultos, y aun así nos encantan los libros para niños y jóvenes: sus imágenes, sus personajes, la profundidad con la que algunos autores abordan los temas, el formato… en fin. Nos gustan tanto que no solo los leemos, también los coleccionamos, los regalamos a otros adultos como si fueran tarjetas o esquelas, los recomendamos, incluso (si somos docentes) les pedimos a los estudiantes que los lean como parte de una asignatura.

A pesar de este entusiasmo por la literatura infantil y juvenil, solemos olvidar al lector: al niño o al joven a quien realmente están dirigidas esas obras. Y es que la literatura infantil y juvenil tiene ese problema de raíz: es creada, mediada, promovida por adultos, y el lector niño o joven suele quedar al margen de los intereses formativos, éticos, políticos de estos.

Hoy nuestra pregunta es por los clásicos de la literatura infantil y juvenil (LIJ): ¿Qué hace que una obra se convierta en clásico? ¿Cuál es el lugar de los niños y los jóvenes en la determinación de un clásico de la literatura infantil y juvenil?

Para el escritor Italo Calvino, un clásico es una obra que habita el universo de las personas adultas, porque solo la madurez permite degustarlo. “En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida”, dice.

Para este autor, un clásico está relacionado con un conocimiento previo del mundo —no con un descubrimiento, como pasaría en la juventud o en la infancia—. Hablar de clásicos literarios es hablar de relecturas, de “un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, dice. Si nos basamos en lo que dice Calvino, los libros clásicos, para llegar a serlo, se ubican en el pasado y se consolidan a partir de las múltiples lecturas de adultos . Así las cosas, infancia (y juventud) y clásicos irían en direcciones opuestas.

Sin embargo, si partimos de que un clásico es una obra leída y releída, y que cada lectura aporta un significado adicional, entonces no podemos pasar por alto que los niños pequeños son expertos en relecturas. Recordemos cómo es la experiencia de leer un libro álbum, por ejemplo, los de Anthony Browne. Una lectura nos muestra un significado superficial, pero una segunda lectura revela objetos escondidos, conexión con otros libros, metáforas visuales.

Los niños adoran que los adultos les lean mil veces la misma historia. Hay significados ocultos que ellos encuentran y nosotros no, y que muchas veces van más allá de las imágenes.

Por otro lado, si bien los jóvenes lectores aparentemente no tienen la madurez para valorar un clásico, no hay duda de que han logrado posicionar varias obras como clásicos literarios. Tal es el caso de la que hoy conocemos como “generación Harry Potter”, quienes a punta de leer (y de comprar) esta saga no solo le dieron un lugar en el ámbito literario, sino en el mercado del libro.

Después del fenómeno Harry Potter la literatura infantil y juvenil adquirió otro estatus en el universo editorial y, estemos o no de acuerdo con la calidad literaria de este libro de J. K. Rowling, es una obra que no puede pasar desapercibida.

La literatura infantil y juvenil tiene otra característica, y es que sus lectores se renuevan constantemente; eso permite que los libros no solo sean bestsellers sino longsellers. Pensemos, por ejemplo, en Donde viven los monstruos (Maurice Sendak, 1963) o en los libros de Roald Dahl. Charlie y la fábrica de chocolate fue publicado en 1964, y hoy todavía circula en librerías.

Lo mismo ocurre con Chigüiro, de Ivar Da Coll. Quienes lo leímos de niños hoy ya somos madres y padres, y se lo damos de leer a nuestros hijos, es decir, es un libro intergeneracional. Un clásico que nos dijo algo de niños, y que hoy sigue siendo leído por los más chicos.

Aunque hay todavía mucha tela que cortar alrededor de este tema, podemos decir que los clásicos de la literatura infantil y juvenil existen no solo por el consumo o la lectura de estos, sino por un legado que atraviesa generaciones. Como ha ocurrido con los cuentos de hadas, las leyendas, los mitos.

Los clásicos de la literatura infantil y juvenil no son definidos por las altas esferas académicas, ni exclusivamente por el mercado (aunque mucho tiene que ver). Sus lectores niños y jóvenes ocupan un eje determinante en la definición de estos.

No es que no existan clásicos de la literatura infantil y juvenil ni que sus lectores no sean aptos para establecer a una obra como clásica; es que el carácter mismo de esta forma literaria, y el carácter de sus lectores, requiere que la acepción de clásico sea mucho más vital y flexible; y que entienda que la distracción y la inexperiencia pueden permitir otros acercamientos a la literatura.

Un clásico de la literatura infantil y juvenil es entonces una obra viva, que permanece en el tiempo y que sigue siendo leída y releída por niños y jóvenes, de manera espontánea (no impuesta). Son esas obras que circulan entre ellos gracias a un esfuerzo del mundo adulto por su publicación, traducción, mediación, pero que siguen conservando la vitalidad de quien está descubriendo el mundo.

Para redactar este artículo, consulté:

• Donde viven los monstruos de Maurice Sendak

• Charlie y la fábrica de chocolates de Roald Dahl

• Chigüiro de Ivar da Coll

• Voces en el parque de Anthony Browne

• Willy el tímido de Anthony Browne

• Por qué leer los clásicos de Italo Calvino

• Abrir o cerrar el canon de Cecilia Bajour

• Elegía al canon de Harold Bloom

 

Este blog fue escrito por Zully Pardo de

El Paraguas Podcast - @elparaguaspodcast