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Tags: Concurso, Escritura, Cuentos, Ciudad

Fecha: 2021-06-25

Tu ciudad, tu relato

Escrito por: MakeMake

Conoce a los ganadores del primer concurso de escritura creativa MakeMake

Las ciudades, como los libros, están llenas de historias, lugares y personajes emocionantes. Por eso queremos compartir las historias escondidas en las ciudades de nuestra comunidad lectora.

  1. Selección especial
    • “La casa de la muerta” de Alonso Núñez 
  1. Ganadores
    • Categoría infantil: “Sombras en Cartagena” de Daniel Osorio
    • Categoría juvenil: “El príncipe de la sierra nevada de santa Marta” de Mara Tinguekan
    • Categoría Adultos: “Esta ciudad que ahora arde” de Yadira Josefina Pérez Carranza
  1. Menciones honoríficas
    • “El combinado” de Jhon Jairo Angarita
    • “Marialabaja pueblo amañador” de Harrys Lozada
    • “Instantáneas” de Alexander Amézquita
    • “Lima” de Anaís Barrios Flores

Selección especial

La casa de la muerta

Era azul, según recuerdo.
Yo de frente me seguía
sin verla a la luz del día.
Despavorido. Qué lerdo.
Otro recuerdo me pasma:
la gente formada afuera.
Su intención oculta era
¿ver de la muerta el fantasma?
El caso es que esta mujer,
de una vida turbulenta,
en su casa en los cincuenta
vino enferma a fallecer.
Eso contaba mi madre
señalando las ventanas.
Y agregaba: “¿Tienes ganas?
Entremos a ver. Es padre”.
Mas yo pensaba a mis cinco,
huyendo, mi madre adjunta,
que el alma de la difunta
iba a espantarnos de un brinco.
¿Por qué me cuenta locuras?
Si de veras algo quiero
es correr como un ratero.
Me aguardaban más torturas.
A pasar fui condenado
dos o más veces al día.
Era nuestra única vía
a la escuela y el mercado.
Pero la culpa es de ella
(de mi madre mía de mí)
por querer contarme allí
una historia fuerte y bella:
“Era una pintora, Alo,
que sus dolores plasmaba
y murió mientras soñaba.
Se llamaba Frida Kahlo”.

 

La Casa Azul, a dos cuadras de donde yo vivía cuando era niño

Alonso Núñez
Ciudad de México – México

 

 


Ganadores

Categoría infantil

Sombras en Cartagena

Recuerdo aquella tarde en Cartagena, cuando saliendo del centro comercial, mi sombra (con quien hablo y juego desde que sé hacerlo) me narró esta historia, que le contó la sombra de un desconocido:

Releri era la sombra de Juan, un turista de la ciudad de Cartagena. Y si bien las sombras tienen la capacidad de moverse casi a la velocidad de la luz, no por nada se mueven lo suficientemente rápido para que creas que van al mismo tiempo que tú.

Releri andaba con Juan en medio del día, con el sol causando un calor abrasador. Juan, se sentó en las murallas después de una larga caminata. Releri también lo hizo, pero al momento de levantarse no logró hacerlo. Tal vez en algún momento hayas visto gente sin poder ver su sombra, pero te aseguro que nunca verás sombras de gente sin poder ver su gente. Bueno al menos de que ese día estuvieras ahí… En fin, Releri se encontraba rodeado de turistas, miraba hacia todos los lugares y no hallaba a Juan. Cuando por fin pudo levantarse salió rápidamente y temblando se colocó dentro de la sombra de un balcón a pensar cómo encontrarlo, minutos después recordó el itinerario de su amo. Recordó que iría a el fuerte de Cartagena y corrió rápidamente a pedir indicaciones a la sombra de un habitante y llegó al fuerte, pero Juan no estaba. Se llenó de tristeza y parecía haber perdido la esperanza, recordó momentos muy divertidos con Juan y entre esos recordó que Juan una tarde dijo a sus amigos que soñaba con conocer el castillo de San Felipe, fue hacia allá, subió rápidamente y ahí lo encontró. Le dio un abrazo desde las sombras, que a Juan le pareció un cosquilleo y sonrió.

Culminó mi sombra su narración y ahora escribo sobre esta sorprendente historia, para que cuando recorras las murallas recuerdes no perder tu sombra.

Daniel Osorio, 12 años
Cartagena – Colombia

 

Categoría Juvenil

El príncipe de la sierra nevada de santa Marta

Ahí estaba el, de nuevo, aunque sus alas eras más grandes y su pico un poco más ancho, ya no era amarillo si no de color terciopelo azul.

3:40 de la tarde, ahí estaban ellos, besando los picos de las nubes, y jugando con el fresco aire testigo de los atardeceres y picos nevados, meciéndose de lado a lado disfrutando del crujido de sus troncos.

El suelo fresco, me recordaban las historias del abuelo, me recordaba los pies descalzos de mi madre arriando los chivos.

4:00 de la tarde, el soplido del viento traía consigo un manto de nubes blancas que abrazaban las montañas y dos pequeñas casas de barro, piedras y paja… los insectos de la noche acompañaban mi regreso a casa. Y como siempre ahí estaba ella, mi mama, con un canasto de ropa grande a orillas de un rio, pum… pum… pum… era el sonido de las gruesas túnicas blancas que usaba mi padre al chocar repetidamente con las piedras.

6:00 de la noche, ¿Por qué será que la luna está locamente enamorada por mí? Siempre me sonríe y me tira piropos desde el cielo, le gusto tanto que adónde voy me sigue, y junto a las estrellas me bailan sin cesar.

8:00 de la noche, estábamos todos reunidos en la cocina, sentados en el suelo tibio alrededor del fuego, el humo, esfumándose en medio de la paja del techo, y mi padre contando la odisea que tuvo al pescar las truchas de me llevaba a mi boca.

Algún día esperaba bajar al pueblo, y ver con mis ojos lo que llamaban la civilización, esperaba ver el ruido de lo que llamaban carros, esperaba ver millones de luces.

Aunque mi padre me dijo que no vale la pena, que haría un simple indio en una ciudad.

Mara Tinguekan, 17 años
Pueblo Bello – Colombia

 

Categoría Adultos

Esta ciudad que ahora arde

No conozco bien a esta ciudad que ahora arde. Quisiera llorarla, prevenirla, pero estoy cansado, tengo a otra ciudad atravesada en los ojos. Detenido a un costado de la plaza veo la turba convulsionada. Los gritos me recuerdan momentos ya vividos. Miro paralizado como la policía golpea a un joven, uno que hasta hace poco solo cantaba y gritaba consignas… Vengo de otra ciudad extraviada y alucinante, ellos no lo saben, pero he llegado desde el futuro. Ya he vivido esta guerra, ya he combatido en estas batallas, ya he visto morir a estos jóvenes. Pereira apenas comienza a delirar. Sus habitantes aún no se percatan del peligro, no pueden percibir las señales.

Los policías, disfrazados de orden público, continúan atacando a los muchachos. Sobre sus alientos ya hay líneas escritas, líneas que se levantan por una calle lateral, oscura, por un viaducto. El estrépito, las bombas lacrimógenas y la confusión ocultan las verdaderas intenciones, también me ocultan a mí que huyo deseando pasar desapercibido. Me deslizo furtivo por la calle 16, camino frente al Centro Cultural Lucy Tejada y bajo por la carrera 9. Estoy perdido, no sé a dónde dirigirme. La noche me alcanza deambulando por estas calles mientras escucho las detonaciones. No hay necesidad de estar allí para saber lo ocurrido; el cuerpo se hiela y el corazón se hunde sin ser visto.

Yadira Josefina Pérez Carranza, 62
Caracas – Venezuela

 


Menciones honoríficas

El combinado

Dicen que el Calvario, en el centro de Cali, es la “olla de ollas”, el lugar más nefasto sobre la tierra en el que solo es posible la desgracia. En una de sus esquinas, roída por el tiempo y perdida por el tumulto de sombras sin alma, sobresale doña Chepa.

Todas las mañanas, del inquilinato profundo, Chepita, como la llaman de cariño los “chirretes”, saca una olla a la que todos llaman “sinfondo”. Con agilidad un joven Yanacona, la lleva al fogón de tres ladrillos de adobe. Pronto las yerbas tiñen el agua que se funde con la ebullición, y la ofrenda de viejas puertas y ventanas alimentan el fueguito.

Los “pelaos” con rostros dañados por el pasado y el caminar precavido van llegando, traen una papa, un par de zanahorias y hasta pedazos de yuca que han sido rescatados de los desechos del gran mercado.

-El espinazo le da sustancia a la sopa- dice Chepita. Así no haya para echarle, mientras revuelve con una pala grande el combinado.

Chepita canta, al son de una campana que el negro Julio ha sacado, inspirada en el grupo niche. -si por la quinta vas pasando, Chepita te está esperando-.

Entretanto, una fila uniforme atraviesa el Calvario. Bajo la tregua de la comida, no hay peligro, porque la fila de doña Chepa se respeta.

Los comensales se apilan sobre el andén y devoran el combinado, con la barriga llena dan mil gracias a la cocinera por su única comida del día.

Los inquilinos del Calvario saben que es la “olla de ollas”, quizás por esto el gobierno tiene planes de renovación urbana. Pero no importa, ellos seguirán el “sinfondo” de Chepita, que calma el hambre de los olvidados una vez al día en el corazón de Cali.

Jhon Jairo Angarita, 39
Cali – Colombia

 

Lima

Golpe y asombro. Te tránsito. Permito que me hieras con tu invierno de fina lluvia y cielo sin luna. Paso el dedo y la suela por tu manto de arena: la mirada también se cubre de gris y me hastío de este laberinto en infinita construcción. Cuando siento que no te soporto, que me rechazas y cierras todas tus puertas, me muestras el mar, en una extensión que no la pueden recoger mis ojos, me ofreces sabores desconocidos y extiendes una mano para sostenerme. Entro en ilusión. Siento que puedo hacerte mía, aunque no me has parido ni criado. Siento que puedo hacerte mía, aunque no te he parido ni criado. Pero esto solo es, solo será golpe y asombro.

Anaís Barrios Flores, 35
Lima – Perú

 

Marialabaja pueblo amañador

Contaba mi bisabuelo que Marialabaja es un pueblo alegre, de gente trabajadora donde le gusta mucho el pescado con plátano donde las mujeres mueven sus caderas al ritmo del bullerengue.

Mi bisabuelo Máximo Luis Pereira, a quien le decíamos cariñosamente Payo, recuerdo que nos sentábamos en la terraza de su casa nos contaba que en la época de su juventud había un teatro en el pueblo que se llamaba CINE MARIA, donde él era el que hacía la proyección de las películas mas que todo mexicanas, de Cantinflas, Pedro Infante, etc. Y nos daba que en este cuando la película se partía, porque en ese tiempo las películas eran por cinta, la gente se rebataba y partían las bancas donde se sentaban y gritaban groserías.

Era una diversión muy buena en aquellos tiempos, ya que mi bisabuelo era uno de los procuradores de este bello entretenimiento.

Hoy recordando esas historias y relatos que me contaba, me invade una gran emoción y mis ojos se tornan un poco aguados, por querer revivir todas esas anécdotas e historias narradas por él ya que hoy no se encuentra con nosotros.

Harrys Lozada, 11 años
Cartagena – Colombia

 

Instantáneas

Este es el pavimento, marcado por los gritos de los neumáticos, por las huellas de quienes caminan en la mañana y huyen en la noche. Ese es el vapor de las cañerías que como una bocanada de humo sube lento hasta desperdigarse en el cielo. Esas son las ventanas. Desde allí miran nuestra miseria. Ellos nos miran, todo el día, mientras repiten las mismas palabras, las mismas sonrisas. Cuando el reloj marca las seis, bajan y caminan bostezando hasta la estación. Allí, dejan de mirar la calle para ser parte de ella. Sin palabras. Sin sonrisas. ¿Sabes por qué nos dejan sus monedas de cien? Porque mañana quieren vernos desde sus ventanas. Creen que esta miseria es solo nuestra, por eso necesitan de ti y de mí. Quizás no estemos bendecidos con un empleo, un almuerzo ejecutivo con maduro y ensalada; un sueldo que alcanza para lo justo y un jefe que nos muerde el cuello. Tal vez no estudiamos para recibir órdenes, responder el teléfono o saludar por cortesía. Pero eso no nos hace menos. Bueno, estamos en la calle todo el día, olemos a mico, llevamos la misma ropa hace como tres meses, dormimos como ratones debajo del puente. Igual que ellos, no tenemos nada, pero no somos invisibles. Nos ven, se hacen los que no, pero nos miran. Nos necesitan más que nosotros a ellos. Estamos aquí, compartiendo el andén con paseantes perdidos, clarividentes que parecen sacadas de una película de Cassavetes y bandidos de zapatos lustrados. Nuestra presencia los emociona, no somos una amenaza. Somos los dueños del Centro. Reyes de la calle. Animales fantásticos… ¿Qué por qué estoy tan seguro? Porque me cansé de caminar sin compañía hasta la estación, me cansé de mirar desde la ventana.

Alexander Amézquita, 44
Cali – Colombia

 


Evento "Mi ciudad, mi relato"